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Con la edad uno va visitando los mingitorios con creciente frecuencia. A base de recorrer muchos países he llegado a la conclusión de que una de las debilidades de nuestro inmobiliario son sus instalaciones sanitarias. Por falta de imaginación en el diseño, previsiones o calidades constructivas, mantenimiento o limpieza. Rara es la ocasión en que después de visitar el excusado de un establecimiento público o comercial uno sale diciendo, ¡oye, muy bien!
Pues el otro día me pasó. Lamentablemente para mi orgullo nacional fue en el aeropuerto de Gatwick. Aquí va la foto.

Aquí da gusto...
Como contraste escogí una tienda y restaurante al azar, en este caso en la calle Ortega y Gasset de Madrid. Aquí va la otra foto.

Normalito, en mínimos
Nos ganan los ingleses. ¡Ya me da rabia!
Y les parecerá mentira, pero si queremos ser un país de servicios y atraer a más turistas y cosas así, los pequeños detalles también cuentan.
Hace algunos años participé en unas charlas de NASLIE, la National Association for Senior Living Industry Executives de Estados Unidos. La asociación se dedica a estudiar la conducta del consumidor mayor, en cosas como las finanzas, la vivienda, el automóvil, la salud o la alimentación, todo ello analizado como negocio. De qué tan grande es ese negocio en USA da idea la difusión de la revista de la AARP, la American Association of Retired Persons, que con más de 22 millones de ejemplares, es la de más circulación del mundo.
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Cuando Pedro Zaragoza autorizó el uso del biquini, hace más de cincuenta años y a riesgo de excomunión, ya sabía que la playa y el turismo de masas eran la fuerza motriz del futuro de Benidorm.
Yo tuve, cuando empecé en el Banco de Bilbao hace cuarenta años, confirmación directa de que en ese pueblo se cocía una revolución económica. No había entonces allí, que yo sepa, ningún banco. Utilizábamos a los “corresponsales cobradores”, cuya tarea era cobrar letras giradas contra gente de la plaza. Naturalmente estos no tardaron en convertirse en oficinas bancarias que hacían de todo, porque con el dinero de las letras que cobraban, pagaban luego cheques de cuenta corriente y otras cosas. Una tarde apareció en mi oficina “el hombre del saco”, que no era otro que nuestro corresponsal de Benidorm con un SACO de billetes: marcos alemanes, francos, libras, liras, coronas, de todo, a puñados. Había montado, sin permiso, claro, una oficina de cambio y no daba abasto a repartir pesetas contra divisas. ¡Y de qué manera! Estuvo trayendo a diario, literalmente, sacos de dinero hasta que en 1973 abrimos allí una sucursal.
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